El 4 de abril de 2000, el mediocampista de San Lorenzo, Mirko Saric, se quitó la vida. Por él ya se habían interesado el Real Madrid y el Mallorca. Un caso que expuso las fragilidades detrás del brillo de la pelota y obligó a repensar cómo el fútbol acompaña —o desatiende— a sus protagonistas.
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