
El 14 de junio de 2005, el atletismo mundial vivió un punto de inflexión. En el Estadio Olímpico de Atenas, el jamaicano Asafa Powell, con 22 años, detuvo el cronómetro en 9.77 segundos y estableció un nuevo récord mundial de los 100 metros llanos, superando la marca de 9.78 que Tim Montgomery había fijado en 2002.
La carrera tuvo todos los condimentos de una final olímpica: una salida nula que obligó a reacomodar nervios, un viento legal de +1.6 m/s y un Powell explosivo desde los primeros apoyos. Su transición a máxima velocidad fue impecable y la fase final, donde solía perder décimas, esta vez fue sólida y controlada.
El registro no solo lo convirtió en el hombre más rápido del mundo, sino que también consolidó a Jamaica como potencia emergente del sprint, preludio de lo que años más tarde sería el dominio absoluto de Usain Bolt.
La prensa internacional destacó la magnitud del logro. El diario El País tituló ese día que Powell había “batido el récord del mundo con una marca de 9.77 segundos”, subrayando la limpieza técnica de la carrera y la progresión histórica del hectómetro.
A partir de aquel 14 de junio, el nombre de Asafa Powell quedó asociado para siempre a la evolución del sprint moderno: potencia, biomecánica depurada y una velocidad que abrió el camino a una nueva generación de velocistas.
Foto: EFE
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